Campo de batalla

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SOBRE LA SERIE “CAMPO DE BATALLA” DE ARMANDO HATZACORSIAN

Y apartó Dios la luz de las tinieblas. / Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. / Génesis 1:4,5

I

Pero la luz ya estaba ahí, apenas se dividió de la oscuridad, y así fue que el mundo llegó a existir. “Y llegó a haber día y llegó a haber noche, un día primero.”
Detrás de todo siempre subyace una profunda oscuridad. El sueño. Los ojos cerrados, la respiración regular. Una negrura que poco tiene de maligna.
Y es imperioso que nos abarque, que nos cubra por completo, que no entre por ninguna rendija mínima ni una gota de luz perturbadora. Por la noche es la luz la intrusa, la extranjera.
El sueño es la umbra personal, quien alimenta lo que somos cuando aquella retrocede.
Antes de la existencia está la ausencia, aunque sea indecible, incomprensible. Aunque, crédulos, confiemos en nuestra propia inexistencia mientras ella reina.

II

Entre el día y la noche hay caos. La división nunca fue clara. No hay horizonte definido al amanecer. Como si la oscurísima noche luchara por mantener sus fueros ataca furiosa con toda su negrura, con todo su frío, con todo su aliento, su garra de sombras. Se escurre entonces, como horas antes lo hiciera la luz, por las rendijas de la puerta, y los que estamos dentro nos cubrimos mutuamente, temiendo que este último embate triunfe, que la noche se vuelva eterna de una vez por todas.
Aún en aquel terreno, aún con los ojos cerrados, libramos la batalla diaria contra el último asalto de la noche. Nos defendemos de su silencio desolado cerrando los ojos con fuerza, deseando que la noche termine, que sea la última.

III

La luz envuelve primero a las nubes, primero las copas de los árboles, primero a las aves que moran en ellas, por eso son las aves quienes anuncian antes la llegada, el fin de la batalla. La luz que llega toma posesión del mundo, violenta, tiñendo con la sangre de los caídos sus primeros cantos de victoria.
Pero, ¿alguien duda que tanta luz venga desde aquella negrura? ¿Alguien debate que esas luminosas primeras horas acaban de robar sus colores hechizados a los caídos en la guerra nocturna?
¿Alguien contiende que ese lila de la izquierda, que el anaranjado de la nube derecha, no provienen de los corazones desangrados en la matanza que el mundo atestigua cada veinticuatro horas?
El día se nos regala dividido, multiplicado por sí mismo, luminoso en su misma oscuridad.
Y el orden se nos muestra inamovible. Uno. Y sin embargo, ahí, por la derecha, un poco abajo, siempre queda una franja plateada —en el fondo de un río, mientras caminas por el bosque— donde ni el día ni la noche vencen, donde existe un abismo. Nadie lo dice, pero es ese el tesoro que día y noche se disputan cada que el mundo da una vuelta.

ELIZABETH FLORES

Publicado en METAPOLÍTICA no. 55, septiembre-octubre de 2007