Experimentos para abolir el azar

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EXPERIMENTOS PARA ABOLIR EL AZAR

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La pintura anterior de Armando Hatzacorsian remitía más a un estudio científico sobre fenómenos físicos que a la especulación artística sobre, digamos, la luz que se filtra, la luz que inicia y se consume iluminando un edificio, la refracción y la tensión en la superficie del agua de mar, la observación de los pájaros. Sus óleos, módulos pictóricos distintos entre sí, adelantaban ya una vocación pascaliana, latente en su última serie de pinturas, de 2007, lienzos donde Hatzacorsian (México DF, 1964) parece realizar una investigación sobre los fluidos, la presión y el vacío —o la nada. Técnica mixta, luz detrás de la obscuridad.

2
Hubo un tiempo en el que olvidamos la pintura, decidimos dejar de ver. El arte se transformó en una entidad autónoma, con formas propias. Pensaba, asumía posturas, tenía compromisos, su cabeza un precio. Se convirtió en un golem que tal vez no ha muerto; quizás agoniza o simplemente se ha vuelto perezoso. Así, frente a tanta neurosis discursiva, ante tanta estridencia, mejor guardar silencio. El silencio como forma del lenguaje. Observemos, sencillamente. Seamos egoístas. Tratemos de asir lo inasible, sin hacer ruido.
Hatzacorsian calla. Observa el vacío, se arroja. Sin vociferar, pinta. Lo suyo no es ya, hoy, arte: es mera pintura. Hatzacorsian es, simplemente, un pintor. No huye ni rinde culto al golem, lo ignora. Arriba al baldío abandonado por la criatura para mancharlo, dejar rastro, escribir: “o estuve aquí, yo intenté. Durante la caída, antes del inminente desplome. Observé y pinté. Sobre todo pinté”.

3
Las páginas siguientes presentan seis pinturas realizadas hace escasas semanas, ejercicios en tinta china sobre papel de algodón, 56 x 76 cm. El carácter de estas obras es distinto al de sus antecesoras. Buscan la claridad zen, el vislumbre posible únicamente por la simbiosis entre la mano y el ojo, pero también representa una suerte de I-Ching pictórico, que espera la revelación del camino a seguir. Son construcciones en el vacío.
Veamos de nuevo, entonces. Como Saulo, después de andar a tientas por el desierto, con los ojos escamosos. Volvamos a ver.

ÓSCAR BENASSINI

Publicado en LA TEMPESTAD no. 61